La Batalla de Puebla no salió de la nada ni fue un arranque patriótico aislado. El conflicto arrancó porque, después de la Guerra de Reforma, México estaba financieramente destrozado y el gobierno de Benito Juárez suspendió temporalmente el pago de la deuda externa en 1861. Eso encendió las alarmas en Francia, España y Reino Unido, que enviaron fuerzas para presionar. Pero mientras españoles y británicos terminaron negociando y se retiraron, Francia decidió seguir adelante. Ahí empezó el verdadero problema.
El trasfondo real: Napoleón III no venía nomás a cobrar
Aquí entra el verdadero chisme político. Napoleón III no estaba pensando solamente en recuperar dinero: buscaba ampliar la influencia francesa en América y aprovechar la debilidad mexicana para impulsar un proyecto monárquico favorable a sus intereses. En otras palabras, Francia quería meter mano en México, y no precisamente de forma discreta. La ruta para llegar a la capital pasaba por Puebla, así que esa ciudad se volvió el punto clave del choque.
¿Quién se peleó con quién?
De un lado estaba el Ejército de Oriente, comandado por el general Ignacio Zaragoza, bajo órdenes del gobierno republicano de Juárez. Del otro lado venía el ejército expedicionario francés, dirigido por Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, uno de los jefes militares de Napoleón III. El choque era claramente desigual: los franceses tenían fama de ser uno de los ejércitos más poderosos del mundo, mientras los mexicanos venían de años durísimos de guerra interna y tenían menos recursos. Aun así, Zaragoza recibió la orden de detener el avance hacia la Ciudad de México.
La cronología del pleito: así se fue calentando el terreno
Antes del 5 de mayo de 1862, ya se venía cocinando la tensión. El 4 de mayo, Puebla fue declarada en estado de sitio, los franceses llegaron a Amozoc y en Atlixco fuerzas republicanas evitaron que el conservador Leonardo Márquez se sumara al bando invasor. Eso importó mucho, porque le quitó apoyo local a Lorencez. Para el día siguiente, los franceses ya estaban frente a Puebla y el choque era inminente. El asunto no era menor: si Francia tomaba Puebla, el camino hacia la capital quedaba abierto.
El 5 de mayo: Francia se confió y México le respondió
La batalla del 5 de mayo de 1862 se concentró en los fuertes de Loreto y Guadalupe, ubicados en las alturas que protegían Puebla. Lorencez creyó que podía tomar esas posiciones con un ataque frontal, confiado en la superioridad de sus tropas. Pero esa confianza le salió cara. Zaragoza reorganizó su defensa, colocó bien a sus hombres y respondió con apoyo clave de mandos como Miguel Negrete, Felipe Berriozábal, Antonio Álvarez y Porfirio Díaz. El resultado fue que los franceses fallaron una y otra vez al intentar romper la línea mexicana.
Quién ganó, ahora sí sin rodeos
Ganó México. Y ganó contra pronóstico. Las fuerzas de Zaragoza rechazaron los ataques franceses, causaron numerosas bajas y obligaron a Lorencez a retirarse. Fuentes históricas varían en el conteo exacto, pero coinciden en que los franceses sufrieron un golpe importante y no pudieron tomar Puebla ese día. La victoria mexicana fue tan significativa que quedó resumida en la frase más famosa de Zaragoza: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”. Fue una derrota política y militar para Francia, aunque no significó el final de la guerra.
El dato importante que a veces se olvida: no se acabó ahí
Aquí va otro punto clave del chismecito histórico: México ganó la batalla, pero la intervención francesa no terminó ese día. Los franceses se reagruparon, regresaron con más fuerza al año siguiente y finalmente avanzaron hasta la capital. O sea, la victoria de Puebla fue enorme en términos simbólicos, estratégicos y morales, pero no cerró la guerra en automático. Aun así, esa jornada del 5 de mayo se convirtió en un símbolo potentísimo de resistencia frente a una potencia extranjera.

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