La violencia que se disfrazó de ciencia contra la diversidad sexual

Cada 17 de mayo se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, una fecha que no sólo invita a hablar de derechos, sino también de una historia incómoda: la de los experimentos, tratamientos y prácticas que durante décadas intentaron “corregir” a las personas LGBT+. Lo más duro es que muchas de esas agresiones no se presentaron como castigo, sino como ayuda médica, atención psicológica o intervención moral. Es decir, el daño llegó muchas veces con bata blanca, lenguaje clínico y discurso de “normalidad”.

No eran tratamientos, eran intentos de borrar identidades

La ONU ha sido clara al respecto: las llamadas “terapias de conversión” son prácticas que buscan cambiar la orientación sexual o la identidad de género de una persona, por ejemplo de gay, lesbiana o bisexual a heterosexual, o de trans a cisgénero. El problema es que el nombre mismo engaña. No son terapias en sentido real, porque no curan nada. De hecho, organismos internacionales han advertido que estas prácticas pueden provocar daños físicos, psicológicos y emocionales duraderos.

Durante años se experimentó con electroshocks, internamientos y humillación

Detrás de ese intento de “corrección” hubo métodos brutales. El informe del Experto Independiente de la ONU documenta que estas prácticas han incluido intervenciones conductuales, tratamientos de aversión, electroshocks, medicación forzada, internamientos, rituales religiosos coercitivos y sesiones de humillación o culpa. Dicho sin eufemismos: a miles de personas se les sometió a procedimientos que buscaban quebrarlas para que encajaran en una idea rígida de sexualidad y género. En muchos casos, además, estas prácticas ocurrieron en contextos familiares, religiosos, escolares o médicos, lo que hizo todavía más difícil denunciarlas o escapar.

La homosexualidad estuvo mal clasificada durante demasiado tiempo

Parte de esta historia se explica por un error profundo que costó décadas desmontar: durante mucho tiempo, la homosexualidad fue tratada como trastorno o desviación. Eso abrió la puerta a que se justificaran intervenciones supuestamente “terapéuticas”. Con el paso del tiempo, la evidencia científica y el trabajo de colectivos y especialistas desmontaron esa idea, y organismos profesionales empezaron a rechazarla. Hoy, la posición internacional es mucho más contundente: no hay base médica ni científica para intentar cambiar la orientación sexual o la identidad de género de una persona.

Lo más grave es que no se trata sólo de pasado

Sería cómodo pensar que esos experimentos quedaron enterrados en archivos viejos, pero no. La ONU ha advertido que estas prácticas siguen existiendo, a veces de forma clandestina y otras veces con nombres más amables para hacerlas pasar por acompañamiento, guía espiritual, consejería o “reafirmación”. En otras palabras, el problema no desapareció; muchas veces sólo cambió de empaque. Por eso el debate actual ya no gira en torno a si estas prácticas son aceptables, sino a cómo prohibirlas, sancionarlas y prevenirlas.

La salud mental también quedó atravesada por ese daño

Uno de los puntos más duros del tema es que las secuelas no se ven siempre de inmediato, pero pesan durante años. La OPS advirtió desde hace tiempo que estas prácticas amenazan el bienestar de las personas y carecen de justificación médica. La ONU, por su parte, ha señalado que pueden generar vergüenza, ansiedad, depresión, trauma y daño permanente. Por eso, hablar de estos “experimentos” no es sólo revisar una rareza histórica: es hablar de una violencia concreta que dejó marcas profundas en cuerpos, vínculos y biografías.

El corazón del problema siempre fue el mismo: castigar la diferencia

Si se mira de fondo, todos estos intentos de “corregir” a personas LGBT+ parten de la misma raíz: la idea de que sólo una forma de amar, vivir el género o construir identidad merece respeto. Por eso el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia no es una efeméride decorativa. También es un recordatorio de que la discriminación no sólo insulta o excluye: a veces encierra, medicaliza, experimenta y rompe vidas enteras. Cuando el prejuicio entra al consultorio o al aula con apariencia de autoridad, el daño puede volverse todavía más profundo.

Hoy la discusión ya no debería ser si se toleran, sino cómo se erradican

A estas alturas, la evidencia y los organismos internacionales no dejan mucho margen para la duda. La ONU ha llamado a prohibir globalmente estas prácticas y ha advertido que, en ciertos casos, pueden equivaler a tortura o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Ese punto cambia por completo el tono de la conversación: ya no estamos frente a “opiniones distintas” sobre sexualidad, sino frente a prácticas que lesionan derechos humanos básicos. Lo que antes se quiso vender como tratamiento hoy está cada vez más nombrado por lo que fue: violencia.

Nombrar esta historia también es una forma de reparación

En una fecha como ésta, recordar estos experimentos y prácticas no busca abrir morbo, sino poner nombre a una violencia que durante mucho tiempo fue normalizada. Porque no se puede hablar seriamente de diversidad sin mirar también el costo que pagaron quienes fueron obligados a ocultarse, corregirse o soportar procedimientos destructivos para ser aceptados. La memoria importa porque ayuda a que el discurso de “te queremos ayudar” no vuelva a servir como coartada para hacer daño. Y porque en la historia de los derechos LGBT+, una parte esencial de la lucha ha sido justamente ésta: dejar claro que la diversidad no necesita cura.

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