Este 24 de junio de 2026 se cumplen 35 años del fallecimiento de Rufino Tamayo, uno de los artistas mexicanos más reconocidos del siglo XX. Nacido en Oaxaca y con raíces zapotecas, Tamayo murió en 1991, pero su obra sigue viva en museos, colecciones, murales y en esa memoria visual donde el color parece vibrar solo. Lo curioso es que, aunque suele mencionarse junto a los grandes muralistas mexicanos, Tamayo construyó un camino muy distinto al de Rivera, Siqueiros y Orozco.
Tamayo sí fue muralista, pero nunca quiso pintar igual que sus contemporáneos
Uno de los datos más llamativos sobre su obra es justamente ése: Rufino Tamayo se alejó del muralismo político y nacionalista que dominó buena parte del arte mexicano después de la Revolución. El Museo Tamayo explica que él buscó una pintura dentro de “la tradición mexicana”, pero entendida desde una exploración estética y espiritual, no como propaganda ni como discurso partidista. Eso lo separó del tono épico y social de otros maestros de su época y le dio una voz propia, mucho más ligada al color, la forma y la emoción.
Su obra fue inmensa y no se limitó a los cuadros más famosos
A veces se habla de Tamayo como si todo se resumiera en un par de pinturas icónicas, pero el tamaño real de su producción impresiona. El MUNAE-INBAL recuerda que, además de su trabajo mural, pintó más de 1,300 óleos, realizó 465 obras gráficas —entre litografías y mixografías— y produjo 350 dibujos. Es decir, Tamayo no dejó una obra pequeña ni esporádica: dejó un universo visual enorme que se desplegó en distintas técnicas y formatos.
Y sí, también pintó una y otra vez a Olga
Entre los datos curiosos que más llaman la atención está la presencia constante de Olga Tamayo, su esposa y compañera de vida. Diversos recuentos de su producción señalan que dentro de esos más de 1,300 óleos hay 20 retratos de Olga, lo que muestra que en medio de toda su experimentación plástica también hubo una veta profundamente íntima. En otras palabras, entre sandías, animales, figuras cósmicas y personajes silenciosos, Tamayo también dejó una especie de archivo amoroso pintado.
Una de sus grandes rarezas fue inventar una técnica propia
No todos los artistas pueden presumir que no sólo pintaron distinto, sino que además ayudaron a crear una técnica nueva. Tamayo lo hizo con la mixografía, un procedimiento de impresión que ideó junto con el ingeniero mexicano Luis Remba. El Museo Tamayo la describe como uno de sus aportes más novedosos al arte gráfico mexicano del siglo XX, una técnica capaz de registrar volúmenes y texturas sobre papel artesanal y potenciar esos colores intensos que ya eran parte de su sello. Pocas veces se dice así de claro, pero Tamayo no sólo dejó obras: dejó herramientas nuevas para hacer arte.
Su primer mural llegó en 1933 y terminó haciendo más de veinte
Aunque muchas veces se le recuerda primero como pintor de caballete, Tamayo sí tuvo una producción mural considerable. El Museo Tamayo señala que en 1933 trabajó en su primer mural monumental, y que a lo largo de su vida completó 22 murales. Ese dato es interesante porque rompe el cliché de que estaba totalmente fuera del muralismo: no lo estaba. Lo que hizo fue practicarlo a su manera, sin quedarse atrapado en los moldes ideológicos de su tiempo.
Su relación con lo prehispánico no fue decoración, fue raíz
Otro dato clave para entender sus obras es que Tamayo trabajó en el Museo Nacional de Arqueología, donde primero fue dibujante y luego jefe del departamento de dibujo etnográfico. Ese contacto con el arte prehispánico marcó profundamente su imaginario. Por eso en muchas de sus piezas aparecen formas telúricas, figuras simplificadas, frutas, animales y cuerpos que parecen dialogar con algo muy antiguo, pero sin dejar de verse modernos. Tamayo no copiaba lo prehispánico: lo transformaba en un lenguaje propio.
Además de artista, terminó siendo constructor de museos
Su legado no se quedó sólo en lo que pintó. En 1974, Tamayo donó más de 1,300 piezas prehispánicas de su colección privada para formar el Museo Rufino Tamayo de Arte Prehispánico en Oaxaca. Después, junto con Olga, reunió más de 300 obras de 170 artistas para dar forma al actual Museo Tamayo en Chapultepec, inaugurado en 1981. Es decir, Tamayo no sólo dejó obra propia: también ayudó a cambiar la manera en que México veía y compartía el arte internacional y el prehispánico.

Deja una respuesta